Atrapante, así de simple resulta describir el entorno conducente a la puerta del cañón del Talampaya. El rojizo suelo camufla a un zorro que busca el abrigo de la fresca sombra bajo un centenario algarrobo. Despegándose de su tronco, una larga silueta camina lánguidamente y extiende su mano, es Carlos, quien nos convocó para ir al encuentro de misteriosos petroglifos. En minutos la charla fluye, la historia da paso a la leyenda y la mente comienza a tejer la delicada trama que divide a lo fáctico de lo posible, lo real de lo imaginario.